La fotografía muestra a un militar en la medianía de la cincuentena, en actitud ostensiblemente severa, aunque sentado, con sus piernas levemente separadas sosteniendo una gorra de costado, sus brazos se cruzan en señal defensiva y se remedan en un bigotillo pretencioso enmarcando los labios apretados para exhibir fiereza.

Tras él, otro uniformado de pie, guardándole las espaldas, mira displicente y petulante. El centro geométrico y de atención de la imagen muestra unas gafas oscuras que ocultan los ojos del personaje principal. Por Juan Forch, Publicista, Consejero Giro País.
Ese punto irradia el resto del cuadro, desafía y amenaza. Al fondo, el marco de una puerta que resalta la oscuridad del trasfondo. La fotografía — que recorrió profusamente el mundo y por estos días cumple treinta y cinco años— se ha convertido en la esencia, el símbolo, el pináculo de la ridiculez y jactancia de todo opresor que trata de disimular con su cuerpo provocador la sangre que pisan sus pies. A pesar de los esfuerzos que han realizado, ningún dictador africano, latinoamericano o de opereta ha llegado a esa síntesis, a esa representación tan cabal de la estolidez.

En un féretro de selectas maderas y primoroso satín reposan los restos mortales del hombre de los lentes oscuros, ahora luciendo uniforme de gala y una hidropesía grosera en su rigor mortis. Cuatro cadetes de la Escuela Militar del General Bernardo O’Higgins, vestidos con sus uniformes de parada, luciendo llamativos penachos sobre cascos de reminiscencias germanas, conforman su guardia de honor. Otra guerrera –también de gala- una réplica de la espada de O’Higgins y una gorra atiborrada de entorchados descansan sobre el ataúd cubriendo la bandera de Chile. Frente al finado dictador, que había sido nacional e internacionalmente juzgado por violaciones a los Derechos Humanos y por asegurar su futuro y el de sus descendientes apropiándose de dineros fiscales, aparecen tres jóvenes rindiéndole honores a la usanza de los fascistas. ¿Qué los movió? ¿Qué los impulsó a realizar ese gesto en público? Probablemente se sintieron sus discípulos, sus herederos, los continuadores de su lucha por la limpieza étnica, por la eliminación de la diversidad, por la restricción de las libertades. Por la uniformidad del pensamiento y la acción, que era cómo el finado en vida entendía la vida.
Epílogo
Entre la primera y la segunda lámina se despliegan aciagos episodios de la historia de un país perturbado, protagonizados por el personaje de ambos retratos. Es por eso que la segunda fotografía trata de corregir la primera, de hacerla olvidar, de cubrirla con un manto solemnidad: la bandera ya no flamea al viento mientras las llamas la amenazan. La bandera descansa envolviendo un cuerpo, oficializando una traición. Pero no hay capa tan ancha ni tan larga que pueda tapar la ruindad de tantos años, los nombres de tantas víctimas ni de tantos victimarios, la arbitrariedad y el oscurantismo amancebados que campearon por Chile con total desparpajo y vulgaridad, la prepotencia de la imposición, el desprecio por la inteligencia y la libertad, por la vida y el dolor. No existe uniforme de gala capaz de cubrir la deshonestidad ni las riquezas mal habidas. No se hallará capote lo suficientemente grueso ni extenso que pueda camuflar tanto compañero, amigo, colaborador, subalterno, patria ni honor siempre traicionados. Como en ambas fotografías, tras el personaje habrá siempre un umbral que muestra el acceso a la oscuridad de sus pensamientos y de sus acciones.

El mismo viento que ha acompañado a la humanidad desde sus inicios, el mismo viento del tiempo que barre la arena del desierto, bate las olas y mece los bosques, descubre a los muertos, a los heridos y a los dolidos que el personaje en cuestión le heredó a su país.
Y aquí hace flamear nuestra bandera tan acontecida en homenaje a aquellos que se esfumaron a lo largo de toda nuestra geografía.
No olvidar!, decía una de nuestras consignas.
Pero ya estamos olvidando. Ya nos está costando recordar.







Por: Rafael Gumucio. Periodista y escritor.
Por: Mariana Aylwin. Directora Giro País.
Sebastián Iglesias. Abogado y director de Giro País. (Vía El
Mostrador)


















La fragilidad de la memoria ...
La fragilidad de la memoria muchas veces obedece a la necesidad de evasión...
Pero cómo evadir la historia de un pueblo que fue herido en su alma , en lo más profundo de la dignidad , que fue apuñalado por la espalda por la traición del poder enceguecedor, avaro y aniquilador...